El pastor, el bombero de los bosques

Pere vive cabreado, pero el suyo es un cabreo feliz. Desde hace casi dos décadas pace por las montañas de Montblanc. Su manada tiene una misión: limpiar los bosques. Sus cabras nos salvan de los incendios

Todo el mundo cuando cumple 18 años lo celebra como vol. Lo Pere Domènech (1958) cogió uno Citroën que le habían prestado y se fue a comprar una cabra. Al llegar a casa le dijo al padre: “Llega preñada!”. Al ninguno de unos meses nacieron dos hembras. Ya tenía tres. Este era el mejor regalo que le podían hacer: tener una manada de cabras en Vimbodí, su pueblo. posó los cuernos hasta que lo consiguió y ahora tiene unas 400. Pero vamos paso a paso, cabra a cabra.

Su objetivo era ir sumando por, cada vez, hacer la manada más grande. Su obsesión vendía de lejos, lo había mamado siempre en casa. Cuando era pequeño, su padre y su padrino tenían una manada de unas 100 cabras y una decena de vacas de leche. Pero un día, cuando él era encara un mozo de 11 años, a casa se vendieron las reses para dedicarse únicamente a la cura de las tierras. “El padre cuando vio que volvía a llevar una cabra a casa soltó un buen ‘mecagondéu’, pero yo quería salir a pacer como lo había visto hacer al padrino”, explica. Porque el padrino había intentado pacer, incluso, cuando era ilegal. Sí, entre las muchas prohibiciones del franquismo también había la de poder entrar con la manada en algunos bosques. Ni libertad para las cabras.

Todo estaba prohibido. Pero, para entenderlo, había que remontarse a finales del siglo XIX y principios del XX. Como consecuencia de la desamortización de tierras y de unas fuertes trombas de agua, los bosques de la Conca de Barberà quedaron destrozados. A la vez, los troncos de encina eran casi piezas de oro y había quién se dedicaba a arrancarlas para venderlas y hacer el primer céntimo. Esto hizo que, ya en pleno franquismo, se instaurara una política forestal para repoblar y proteger los bosques. O, mejor dicho, una política de cierre, porque nadie podía posar los pies.

Todo era contraproducente en plena dictadura. Se dedicaron a plantar pino rojo, pero los pastores no podían ir con la manada. “El padrino intentaba entrar a pacer, pero tenía que hacerlo a hurtadillas. Incluso alguna vez había pagado algunos calerets a algún guarda para colarse”, confiesa Pere. Eran en 50 y 60, otros tiempos. Una época en que el aislamiento también afectó los bosques hasta convertirlos en una “auténtica selva”. La repoblación los rellenó de troncos, rames y malas hierbas. El chispazo que necesita el fuego para arrasar un territorio.Por suerte, ninguna chispa ni ningún rayo va brotar. Pero no fue hasta el 2001 cuando lo Pere consiguió iniciar un gran trabajo de apertura, de liberación, de protección, de limpieza de los bosques. Tuvo que esperar a cambiar de siglo para entrar a pacer con la manada por las comarcas de Rojales, una pedanía de Montblanc. Y lo pudo hacer gracias a un proyecto piloto. “La administración descubrió la sopa de ajo: que las cabras o las ovejas eran la solución para tener cura de los bosques!”, explica Pere. Dicen que los fuegos del verano se apagan en invierno. Y lo Pere ya hace 18 años que trabaja.

Casi dos décadas quitándose a las séis de la mañana para salir a pacer. Suena el despertador, se posa las botas y la gorra, coge el zurrón -con dos bocadillos, una pieza de fruta, una cerveza y agua- y ensarta bosque arriba. Desde Vimbodí tiene casi una hora de coche para llegar arriba de todo, donde las cabras lo esperan dentro de un pequeño corral. A las nueve de la mañana abre las puertas y todas echan a correr. Pere, las cabras y la Estrella, su perra, tienen por adelantado siete horas de pasto. Esto se repite de lunes a domingo. Desde el mes de junio hasta medios de noviembre. Haga frío o calor, nieve o llueva. “Soy feliz. Si volviera a nacer haría el mismo”, asegura sonriente. Solo hay una cosa que odia: el paraguas. “A veces, si llueve muy fuerte, no tengo cabe más remedio que protegerme bajo este utensilio”, añade. Siempre ha hecho el mismo y dice que lo seguirá haciendo hasta que se jubile.

Esta es un trabajo que te obliga a pasar muchas horas fuera de casa y que no sabe qué son unos días de vacaciones. Por eso, Pere ya advirtió su compañera cuando festejaban: “Le dije: ‘A mí el que me gusta es esto’. Pero siempre lo ha entendido. De hecho, si tengo una cosa clara es que el más importante es hacer piña con la familia”. Lo cree y lo ha transmitido a sus tres hijos: Pere, la Nuria y el Pau. Han crecido en este rescoldo y han querido dar continuidad a los años de trabajo y sudor del padre. El hijo grande decidió que quería quedarse en casa para tener cura de los campos. La Nuria, psicóloga de profesión, dedica sus ratos libres a darle un golpe de mano con el papeleo y los meses de verano elabora quesos. Y el pequeño, el Pau, ha estudiado en la Escuela de Capacitación Agraria. De momento, los ayuda cuando lo necesitan, pero se gana el jornal fuera de casa. “Siempre tendrá la puerta abierta, ya lo sabe”, asegura Pere con aquel tono que mezcla protección y orgullo. Y confiesa que, justamente, el único que le sabe mal es que, por culpa del trabajo, no ha podido estar en casa o con los hijos todo el que habría querido: “Algunas veces quizás se han tenido que joder los otros por culpa mía. Por suerte, si he cometido un error, he intentado no volver a tropezar”.

Tiene muchas horas para detectar las decisiones desacertadas. Como mínimo, siete cada día. Si le preguntas qué cabòries tiene mientras pasto, Pere responde explicando una pequeña anécdota. “Un día se encuentran un pastor y un filósofo. El filósofo le pregunta al pastor: ‘Qué piensas, tú?’ Y el pastor le dice: ‘Yo no pienso gran cosa, ya tengo la cabaña llena de queso. Eres tú quien tienes que pensar’”, narra. Quizás no nos confesará qué piensa pero sí qué canta. La suya es una melodía llena de erres. El sonido de esta letra encisa a la manada, lo hace creer. Y lo tiene muy muy enseñado. Él, con la colaboración de la Estrella, dice que pasto de oído, no de vista. No hace falta que vea las cabras por saber por donde se mueven. Distingue todos los instrumentos de la orquesta, cada esquella es única. Las identifica por el sonido y por sus características físicas. “Hace pocos días, una ingeniera vino a hacer una inspección y cuando acabó me dijo: ‘No has perdido nada?’. Yo le dije que sí, que me faltaban dos cabras –una blanca y banyuda con un collar de color rojo y otra de rosseta, pequeña–, pero que confiaba que al atardecer las encontraría al corral. Se quedó paralizada, no se lo podía creer”, asegura. Cómo en cualquier oficio, cada cual conoce qué se esconde entre bambalinas. Cada cual conoce su manada.

Reconoce la manada, pero también el bosque. Ha paseado tantas veces que te podría identificar cada pequeño rincón. Por eso trabaja de forma cooperativa con los ingenieros forestales para saber cuál es, en cada momento, la mejor zona para pacer, para limpiar. Él ha podido comprobar como las cabras pueden protegernos de las llamas. Sabe donde hay aquel trozo de árbol que recibió el impacto de un rayo y que, gracias a tener el bosque neto, no consiguió prender fuego. El uso de las manadas para la limpieza del sotobosque es la mejor prevención para evitar los incendios forestales. A la vez, según lo Pere, suponen un ahorro económico y contribuyen positivamente en el desarrollo de las actividades ganaderas. Todo el mundo sale ganando. La administración y los ganaderos. Los ganaderos y la administración. Y, por extensión, el resto de ciudadanos que pasean por los bosques catalanes. Bosques netos y cabras muy alimentadas. Un hecho que acaba repercutiendo en la calidad de la carne. “El ganado que pasto produce una carne buenísima. También es más cara, pero los consumidores tienen que valorar el gusto”, detalla Pere.

Lo explica sabiendo que el consumo de carne ha disminuido. Pero él continúa trabajando, satisfecho, feliz con su trabajo y cabreado: las cabras son su vida. Si existe un cabreo bonito, este es lo de Pere.